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Francia ¿factoría de Miserables?

María Guerra 15 mayo, 2019 1 5


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Cannes le pone la alfombra roja y la mejilla al director francés Ladj Ly para que le dé una sonora bofetada en su glamurosa cara. Les Misérables es un fresco de los arrabales urbanos donde se hacinan los pobres de origen magrebí y africano. Potente y desabrida, es el primer largometraje de este director de origen maliense que se ha pasado años grabando con su cámara de vídeo la violencia de los clanes y la brutalidad de la policía en su barrio, Montfermeil, cerca de Clichy-sous-Bois. Es irregular en la narración, visualmente convencional, pero convincente y efectiva en su mensaje: Francia prefiere ignorar a sus miserables.

La película arranca con riadas de chavales negros que van a ver la final del mundial de futbol del 2006 entre Italia y Francia, tan solo unos meses después de los disturbios de París en octubre de 2005. Los adolescentes de las banlieues se sienten franceses, cantan La Marsellesa a pleno pulmón, pero se palpa una tensión ambiental que puede estallar en cualquier instante. Esa es la premisa de Les Misérables, desarrollo del cortometraje del mismo título que ha ganado el César en 2018.

Casi todos los años Cannes saca su película francesa social, lava su conciencia y a otra cosa. En esta ocasión, el valor de Les Misérables está en su autor, un activista que directamente habla del cine como arma. Aquí no hay buenas intenciones como en La Clase de Laurent Cantet, sino desolación y desesperanza. Los adolescentes son retratados como una masa inarticulada y nacida para seguir en la marginalidad. De las mujeres no hay ni rastro. Con lo cual queda meridianamente claro que su exclusión social es aún mayor, y su futuro siempre está relegado a la maternidad y el cuidado.

Ladj Ly también señalan a los culpables. El Estado que suelta a policías con la intención de que la violencia de las banlieues no salga en las noticias, los clanes se reparten el poder del barrio -prostitución y droga-, y los líderes religiosos imparten una inquietante doctrina. Pero en lugar de centrarse en la parálisis de los críos, el director prefiere enfocar a tres policías en una trágica jornada laboral. El recurso podría ser interesante, pero cinematográficamente deja al espectador abandonado en grandes valles de tedio que culmina en un final apoteósico que salva la película.

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