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Maléfica le diría a Wonder Woman: Reescribe tu historia, muñeca

María Guerra 18 octubre, 2019 5


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He tenido una revelación gracias a Pedro Vallín por su brillante y juguetón ensayo ¡Me cago en Godard!, en el que sostiene que el cine comercial de Hollywood es emancipador y está completamente alejado del adoctrinamiento neoliberal que aliena a los espectadores. Gracias Pedro, porque tras leer tu libro – del que disiento profunda y respetuosamente – he sentido un inmenso alivio al darme cuenta de que has escrito un capítulo de la historia del cine americano ya cerrado. Lo interpreto como un postrero homenaje a los héroes tradicionales de Hollywood -varones de raza blanca que se han disfrazo de detectives, vaqueros y enmascarados-, y han sido elevados a los altares por una banda de machistas muy progres, en efecto, que seguirán haciendo millones en taquilla, pero sin salirse del acartonado cliché.

En el capítulo 10, titulado Héroes, superhéroes y escorias, Vallín actualiza la tesis de Walter Benjamín sobre la diferencia entre narrador y novelista, y la enfoca acertadamente en el cine mainstream americano: “Los superhéroes no son otra cosa que la creación moderna de leyendas similares a las de Hércules, Aquiles, Arturo, Roldán o Jesucristo en una época en la que la demanda cultural se hipertrofia de tal modo que se requieren nuevos semilleros de mitología”.

En estos semilleros están germinando nuevas mitologías esperanzadoras y pasados revisitados por parte de mujeres y otros grupos marginales y desfavorecidos por la sociedad. La filósofa británica Miranda Fricker acuñó en 2007 el concepto injusticia epistémica, un prejuicio que consiste en retirar el estatus de ser racional y toda credibilidad a un colectivo de personas por el mero hecho de pertenecer a él. Sin embargo, un variopinto ejercito de parias va imponiendo poco a poco su mensaje y va calando. Muy lentamente.

Hollywood ha brindado – a su pesar- todas las armas al feminismo. Después de un siglo de relato patriarcal intocable, las mujeres de la industria audiovisual mundial han emprendido la batalla de la igualdad desde dentro del sistema. Y es ahora cuando empezamos a ver el resultado de ese caballo de Troya. Recordemos el sarcástico diálogo de Parque Jurásico (1993) entre el doctor Malcolm (Jeff Goldblum) y la doctora Sattler (Laura Dern), mientras observan aterrados un dinosaurio de probeta desde el coche. Goldblum: “Dios crea a los dinosaurios, dios destruye a los dinosaurios. Dios crea al hombre, el hombre destruye a dios. El hombre crea a los dinosaurios…” y concluye  Laura Dern: “Los dinosaurios se comen al hombre. La mujer hereda la Tierra.” Seguramente los guionistas Michael Crichton y David Koepp se partieron de risa con su chiste, que ha perdurado 25 años como un mantra feminista, pero también se puede imaginar que algunos ejecutivos de Hollywood – sin mencionar a los acusados por el #metoo-, que entonces rieron el chiste, hoy no les haría ninguna gracia este darwinismo inesperado, en el que los grupos marginales se han apoderado de su santo grial: la autoridad moral del relato.

La Mujer hereda la Tierra… Parque Jurásico (1993)

El ideal justiciero de Hollywood se ha vuelto en su contra. La buena noticia es que las mujeres y los otros grupos sin credibilidad están escribiendo las nuevas mitologías, batallas nobles y territorios íntimos que explorar. Ante la sequía argumental de la vieja narrativa anglosajona y androcentrista,  un ejército de guionistas se adentra en una terra ignota, un territorio mítico que además no justifica el supremacismo. En ese mismo capítulo 10 de ¡Me cago en Godard!, Vallín cita a Grant Morrison, que en su libro Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic reivindica las historias de estos superhéroes que “contienen en su interior todos los sueños y miedos de generaciones enteras en forma de intensas miniaturas”. Y continúa Grant: “Historias creadas por unos trabajadores que a lo largo de los años han sido marginados, ridiculizados, explotados y convertidos en cabeza de turco, siempre logran ofrecer una línea directa con el subconsciente cultural y sus convulsiones”. Impecable razonamiento que tomo prestado para aplicarlo a las mujeres.

Wonder Woman se merece una guionista que reescriba completamente la historia de William Moulton Marston

Y ahora me pregunto: ¿Se esperaba Hollywood el éxito de Wonder Woman (2017) y Black Panther (2018)? Son dos películas muy convencionales que posiblemente fueron hechas para acallar las críticas de racismo y misoginia de la industria, y que sin embargo, tuvieron un enorme éxito de público y fueron muy celebradas por la comunidades a las que representaban. Tanto, que Warner y Disney respectivamente, se han lanzado inmediatamente a producir sendas secuelas. En el caso de Wonder Woman, hasta la directora Patty Jenkins ha conseguido firmar el tratamiento del guion de la secuela que se estrenará en 2020, Wonder Woman 1984, cosa que no olió en la primera entrega, cuyo guion fue escrito por cuatro hombres. De hecho, tal y como contamos en la trifulca de crítica del programa de La Script de la Cadena SER en la semana de su estreno en junio de 2017, Wonder Woman desprendía un tufo de feminismo vergonzante que iba acompañado por las declaraciones tibias de su protagonista, Gal Gadot, que se pasó toda la promoción evitando declararse feminista.

A pesar de su tono timorato, Wonder Woman fue recibida con regocijo por mujeres y niñas de todo el mundo. Fue una magnífica noticia que el feminismo, aunque fuera en su versión más meliflua, entrase en la primera división del cine comercial americano, que es el que sigue aportando referentes, merchandising y disfraces a las nuevas generaciones.

Bienvenidas sean diademas, pulseras y el látigo de Diana de Temiscira en las fiestas de cumpleaños infantiles. Su renacimiento planetario es una buena noticia, sí, pero insuficiente. Sobre todo, muy desviada de un anterior hito que tuvo mucho mayor calado, aunque menos trascendencia, que no debemos pasar por alto y es la tesis de este artículo: el cambio sustancial y la función emancipatoria a la que se refiere Pedro Vallín, se producirá para las mujeres cuando las guionistas del mundo se lancen a reescribir personajes femeninos y arquetipos que hemos consumido y metabolizado como si fueran nuestros. Y puestas a pedir: escribirlos desde el papel del narrador de Benjamin y que sean producidos por el gran Hollywood. Un buen precedente es Maléfica (2014).

Maléfica (2014) es el ejemplo a seguir. Tal y como hizo la guionista Linda Woolverton, hay que reescribir los personajes femeninos que la literatura y el cine nos han impuesto. Será la manera de romper el maleficio y dar pasos emancipatorios subvirtiendo el sistema desde dentro.

En la película protagonizada por Angelina Jolie, la guionista Linda Woolverton (California, 1952) reescribió por completo la infancia y las motivaciones del personaje del hada malvada del cuento de Perrault y los hermanos Grimm. Atención al trabajo de Woolverton, que fue fichada por el modernizador de Disney, Jeffrey Katzenberg, para escribir el guion de La Bella y La Bestia (1990) y quitarle la naftalina al cuento original. Una vez instalada en la sala de máquinas del gran estudio propagador de los arquetipos de género de Occidente, Woolverton se propuso subvertir el sistema desde dentro, haciendo correcciones feministas a los personajes femeninos de los grandes clásicos. Todo ello dentro de un orden, por supuesto. No nos pasemos con la revolución, que hablamos de Disney.

Entrevista Austin Film Festival 2019 con Linda Woolverton

Woolverton se reconoce una hippie pragmática, una suerte de hormiguita feminista que ha ido profanando grandes tótems de la literatura como Lewis Carroll, al que enmendó la plana al convertir a la niñita Alice en una adolescente que transitó El País de las Maravillas de Tim Burton en 2010 con una insolente autonomía.

Aunque menos celebrada, sin duda, Maléfica ha sido su contribución más radical. La Maléfica de Angelina Jolie es mucho más que un saco de maldad: fue una hada traicionada y despojada de sus alas, y que en un arrebato de ira hechizó a la princesa Aurora, a la que luego despierta de la maldición con un beso de amor maternal y no romántico. Ese final cambió completamente el eje sobre el que gira la entidad de las mujeres de la ficción: el amor romántico no es la única fuerza motriz de las mujeres.

Acabo estas líneas haciendo una reverencia a mi querido Pedro Vallín. Sí, Pedro, tal y como dices en la introducción, tu ensayo ¡Me cago en Godard! ha cumplido su vocación de incordio conmigo. Sin ser ninguna defensora acérrima del mainstream americano, reconozco que la épica colectiva que propone Hollywood tiene un potencial emancipador fortísimo. Que cada uno arrime el ascua a su sardina. La mía es el feminismo.

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