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El Irlandés: Alegato final de Scorsese

María Guerra 15 noviembre, 2019 1 5


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¿Ser o no ser obediente? Gran parte de la filmografía de Martin Scorsese está atravesada por este dilema, que en El Irlandés resuelve de forma contundente: desobediencia hasta el final. Con esta película, Scorsese planta cara a Hollywood y le da un sonoro revolcón artístico y político, que puede acabar en Oscar para Netflix. El Irlandés es una obra maestra con aroma de despedida, que reúne a la santísima trinidad de su filmografía: Robert De Niro, la mafia italoamericana y la angustia religiosa.

Lo sublime de esta obra crepuscular de Scorsese es la reflexión que hace de sus propios demonios a través del personaje de Robert de Niro, basado en Frank Sheeran, un veterano de la segunda guerra mundial – eficiente verdugo de prisioneros- y posteriormente guardaespaldas del sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino) y mano derecha del mafioso Russell Bufalino (Joe Pesci). El Irlandés está basada en la novela True Crime de Charles Brandt, titulada en español Jimmy Hoffa: Caso cerrado, que Scorsese transforma en su testamento cinematográfico de 209 minutos de duración.

El Irlandés

Scorsese y De Niro se reencuentran 24 años después de Casino (1995) en un largometraje que abarca la vida entera del sicario de origen irlandés Frank Sheeran. Todo en un estilo muy Scorsese, sin intención de sorprender, pero en el que hace gala de una gozosa libertad gracias a un metraje sin restricciones donde se deleita con la música, las largas tomas y los insertos violentos dentro del pensamiento del narrador. Desde su silla de ruedas en el geriátrico en el que murió en 2003, el personaje de Robert De Niro recorre su vida y hace balance del precio de su obediencia al sistema de corrupción al que ha servido como matarife implacable.

Y es aquí donde surge el gran retratista americano, porque no hay simplificación de ningún tipo, y mucho menos partidista o patriótica. El director de Taxi Driver equipara la disciplina militar con la política y empresarial: cada causa utiliza a sus soldados para conseguir poder, y apunta sin ambages al venerado JFK y su clan, a los que sitúa al mismo nivel de miseria moral de Nixon. Unos peones matan y otros no. Lo que queda claro es que el sistema se perpetúa gracias a los obedientes, ejército de minúsculos personajes que apuntalan al establishment, y que arrastran el sabor amargo de su traicionera mediocridad y la justifican por el calor de la seguridad.

El Irlandés es un alegato final en el que Scorsese salda cuentas con Hollywood. A sus 77 años, este sumo sacerdote del celuloide y la pantalla grande se pasa a Netflix -opaco hipermercado audiovisual para muchos- porque ha sido el único productor dispuesto a pagar su película y darle la libertad artística que la industria tradicional le ha negado en los últimos años. En realidad, Scorsese siempre ha sido un personaje incómodo para Hollywood, que se resistió mezquinamente a darle el Oscar -por sus geniales Toro Salvaje (1980) y Uno de los Nuestros (1990)- hasta que le concedió vergonzantemente el de Infiltrados (2006), una película muy menor en su carrera. En la próxima ceremonia del 10 de febrero de 2020, la Academia se va a enfrentar a dos películas monumentales –Joker, de Todd Phillips y El Irlandés– artísticamente impecables, pero políticamente muy desasosegantes para los magnates de la industria que sobreviven gracias a los superhéroes de carril -parques temáticos según Scorsese- que arrasan en las taquillas, pero no aportan nada al cine.

El Irlandés, una superproducción con actores que se acercan a los 80 años

El dilema de los académicos americanos es el mismo que plantea El Irlandés: se trata de apoyar las viejas reglas del cine rentable, o soltar amarras y reconocer obras llenas de vigorosa rebeldía. Además, Scorsese da una lección de cine con vocación popular sin pagar el peaje de contar con estrellas jóvenes. Para dar un puñetazo en el estómago de la historia reciente de Estados Unidos y de Hollywood, ha elegido estrellas casi octogenarias: Al Pacino, De Niro, y Joe Pesci, hacen gala de su apoteósico genio y sus arrugas. Su talento está muy por encima de los logros del rejuvenecimiento digital y de las prescindibles lentillas azules de De Niro. La potencia de la historia y la actuación es tal que los efectos especiales no tienen más función que la de no distraer al espectador.

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