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Lapid vomita su ira contra Israel en La rodilla de Ahed

María Guerra 7 julio, 2021 5


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“Este campo de pimientos podridos es la metáfora de Israel” dice el protagonista de La Rodilla de Ahed, última película del director de La profesora de parvulario (2014). Después de ganar el oso de Berlín en 2019 con Sinónimos, Lapid da un paso más en el conflicto interior que le genera el opresivo clima político de su país y que ahora se consuma en un largometraje profundamente catártico, rayando en la vomitona onírica que recuerda a la muy superior y compleja Foxtrot (2017) de Samuel Maoz.

Loas artistas israelíes viven atrapados en una rueda de dolorosas contradicciones entre el amor a su tierra, la presión gubernamental y un servicio militar que ha acabado dejando secuelas a varias generaciones. Unas secuelas que algunos artistas proyectan en su obra, como es el caso de Lapid y su personaje del director de cine que se adentra en el desierto israelí para proyectar una película en un pueblo de colonos obedientes y pusilánimes capitaneados por la delegada cultural, una joven lánguida que impone la doctrina oficial y obliga a los conferenciantes que visitan su pueblo a firmar un documento comprometiéndose a hablar solo de los temas autorizados.

Lapid pierde el sosiego tenso de sus anteriores películas y mete su cámara en la perturbada mente del protagonista, en duelo por su madre y también por el espanto en el que se ha convertido Israel. Toda la angustia del personaje es un mareante crescendo visual: un hombre destruido por la pena y los recuerdos en un paisaje tan desolador como el desierto. Una atmósfera de pausa absurda flota en el aire hasta llegar al culmen de la desesperación: “En Israel, cada generación es peor que la anterior”.

La Rodilla de Ahed es la materialización del sinsentido de un país que aplasta a sus ciudadanos con culpas del pasado, mientras oprime a los parias del presente. Dice el director que la escribió en tres semanas y las rodó en tiempo récord. Hay talento visual y una potente síntesis narrativa. Evidentemente, Lapid no quiere volver a explicar la desazón de su personaje, pero como espectadora resulta una historia contundente pero escasa.

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