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Cine

Fue la mano de Dios. El Sorrentino más límpido

María Guerra 5 septiembre, 2021


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La parroquia italiana ha sollozado largo y tendido en el pase de prensa de Fue la mano de Dios, la última película de Paolo Sorrentino. El excesivo cineasta ha contenido toda su furia barroca para contar la historia de su propia adolescencia, la muerte de sus padres y sus recuerdos infantiles de su Napoles natal, sacudida por la sísmica llegada de Diego Armando Maradona en 1983 cuando él tenia 13 años.

Sorrentino sale de sus habituales palazzos atiborrados de estatuas y entra en el territorio de lo sentimental, donde un joven desgarbado (Filippo Scotti) hace de catalizador de una adolescencia mágica. Su cámara registra ese momento vital en el que la cotidianidad de una familia burguesa queda suspendida en una percepción de embriagadora seguridad. Los padres son rocas llenas de magnetismo y poderío que transmiten la sensación de que a su lado nada malo puede pasar.

Fue la mano de Dios tiene el aroma de Roma de Cuarón o El Olvido que Seremos de Fernando Trueba, películas de donde una familia de clase media y la infancia envuelven a los protagonistas en un universo cerrado y seguro, donde los hermanos son cuasi desconocidos que se quedan fosilizados en situaciones peregrinas: como el hermano mayor recordado eternamente en calzoncillos o la hermana que se pasa la vida encerrada en el cuarto de baño. Su cámara revolotea por diferentes escenarios, pero el corazón de la película está fuertemente conectada con el amoroso espíritu de La Familia de Ettore Scola. Completamente ausente de la ironía retorcida tan habitual en el cine de Sorrentino.

En su giro de tono, choca también la presencia de Toni Servillo, actor fetiche de Sorrentino, en un registro diferente. Servillo encarna a ese padre mítico al que se le perdonan todas las traiciones más tarde desveladas, como un matrimonio no tan feliz o hijos fuera de la familia oficial. La sensación de felicidad impregna de manera arrebatadora la primera parte de la película, pero al final, Sorrentino empieza a dudar de forma dolorosa y concluye la película a trompicones. No importa. El viaje ha conseguido conmovernos, situarnos en ese espacio fronterizo poco antes de que la infancia se quiebre.

Fue la mano de Dios de Paolo Sorrentino. ¿Es una. familia real? ¿Un dulce recuerdo solidificado?

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