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Cine

Sin Tiempo para Morir. Divertida antigualla

María Guerra 1 octubre, 2021 1


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Ya se lo dijo Judi Dench en su papel de Q a Pierce Brosnan en Goldeneye (1995): ” Creo que es usted un fósil machista y misógino, una reliquia de la Guerra Fría”. Era la primera película de Brosnan en el pellejo de James Bond, eran los felices noventa cuando el cine era más ligero en su recibimiento y más libre en su concepción. Entonces, los fans no eran tantos ni tan militantes, no había redes sociales y las películas no tenían la hinchada futbolera que jalea o abuchea los estrenos en este siglo XXI. Si Pierce Brosnan representó el fin de los héroes livianos, a Daniel Craig le ha tocado la edad de la solemnidad. Afortunadamente, Sin tiempo para morir representa una vuelta a la levedad del héroe.

Su Bond ha estado sufriendo a chorros durante sus cuatro primeras entregas – Casino Royale (2006), Quantum of Solace (2008), Skyfall (2012) y Spectre (2015) – hasta que en su despedida en Sin tiempo para morir ha dado un giro radical. Su director Cari Fukunaga con Phoebe Waller-Bridge como coguionista, le han dado una patada al dramático rictus de viudo dolorido que ha arrastrado el Bond de Craig, y le ha hecho volver a los origenes de borracho bon vivant que el cine – que no al personaje literario de Fleming- nos ha enseñado desde El Agente 007 Contra el Dr No (1962) con Sean Connery. Porque no nos engañemos: la oscuridad del espía británico que acuñó Sam Mendes no implicaba un cuestionamiento de sus valores de heteromacho, más bien eran un repertorio de lamentos al sentir que su hegemonia estaba cuestionada.

Sin embargo, Sin Tiempo Para Morir es una fiesta clásica, con litros de alcohol y testosterona derramada sin complejos. Daniel Craig lleva el tumbao que de los guapos al caminar y el guion le ofrece una tanda de buenas frases en las que se ríe del machismo cabreado: “hay muchos señores endadados” dice Bond. Pero no nos engañemos, su cambio de última hora no es ideológico sino comercial, el negocio de los Broccoli tiene que seguir y no será 007 el adalid de la revolución de género.

Las mujeres. Léa Seydoux continúa en su corsé de amada imposible y mujer marcada por la tragedia familiar. Un horror, vamos. El amor romántico sigue atando a este James Bond incapaz de mantener relaciones satisfactorias con mujeres vivas. Afortunadamente, Ana de Armas, en una breve pero jugosa aparición como personal de refuerzo en Cuba, reparte leña y chistes contundentes que subrayan la inestabilidad del pedestal de este héroe prejubilado. En cambio, está mal resulta la presencia de las actrices racializadas Lashaha Lynch y Naomie Harris, que se mueven en ese chirriante territorio de la cuota racial sin profundidad dramática. La misma oquedad que destilan los villanos que interpretan Rami Malek y Cristoph Waltz.

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