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BLONDE La última violación de Marilyn Monroe

María Guerra 8 septiembre, 2022 3


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Durante las tres horas que dura Blonde no he dejado de sentir ira. Y parece que no he sido la única. Esta película, exuberante artefacto, construida para dotar de entidad política y humana a Marilyn Monroe, ha acabado resultando un bochornoso espectáculo de condescencia masculina, un mansplaining onanista. Del desastre salen indemnes los intérpretes, Adrien Brody, y en especial, la monumental Ana de Armas, que se ha dejado la piel dando vida a esta Marilyn rota y humillada, por los siglos de los siglos. Pero, sin Amén.

Andrew Dominic adapta la novela de Joyce Carol Oates, que – desde su ficción- descubrió a Norma Jeane y la despojó en parte de la cascara carnal de Marilyn. Sin embargo, el director no lo consigue en absoluto. De hecho, el gran patinazo de Dominic (consciente o no) está en privar a su personaje de cualquier atisbo de dignidad.

Inmensa Ana de Armas en Blonde

La degradación visual y el ensañamiento al que somete al Marilyn Monroe es incomprensible, precisamente porque él ha presentado este proyecto post #MeToo como su gran contribución al revisionismo de Hollywood, y resulta que es una piedra más en la muralla del machismo estructural. La lectura que hace de la experiencia vital de Monroe clama al cielo. No puede ser más machista, precisamente, porque Norma Jeane Baker solo es una víctima total para él. No le da más contenido que su dolor. Nada más.

Al puro estilo Lars Von Trier, Blonde es un mero festín de carne, labios entreabiertos y lágrimas. El director nos sirve un penoso espectáculo de compasión justiciera, que se le va de las manos, y termina siendo la versión de un putero con buen corazón. Pero putero, al fin y al cabo, porque la mirada lasciva, incluso del quebranto, supera todo lo demás.

Una vez más, la representación del sufrimiento de una mujer es una mina artística, infinito goce visual que se remonta a la maldita fascinación por la Mater Dolorosa católica, ese horrendo tótem de la cultura occidental.

En la vertiente política, hay que reconocer que Andrew Dominic llama a las cosas por su nombre, y su cámara acusa directamente a Hollywood de ser cómplice del despedazamiento de Marilyn. Monroe fue violada por unos y traicionada por todos. Abandonada no sólo por sus padres, sino sobre todo por toda la industria que nunca dejó de considerarla carne de cañón. Sin embargo, ante tal derroche de crueldad y humillación -entre otras, la escena con JFK -, queda demasiado en el aire, sin plantearse siquiera el espinoso tema de la responsabilidad colectiva.

Y para acabar, una pega que es muy importante para las mujeres: Marilyn no era flaca. Ya era lo que nos faltaba, que se vuelve a reescribir el mito en los mismos términos, y encima, glorificando una delgadez no fue tal.

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