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MODELO 77. La Transición olvidó a los presos comunes

María Guerra 21 septiembre, 2022


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¿A quién le importan los robagallinas y los homosexuales de hace 50 años? ¿Cuánto tiempo tardó en llegar la Democracia a los módulos de los presos comunes de las cárceles españolas? Dos años después de la ejecución con garrote vil de Salvador Puig Antich, en la misma cárcel Modelo de Barcelona se produjo una inaudita cohesión entre presos que se habían quedado al margen de los derechos recién estrenados que iban llegando poco a poco a la sociedad española de finales de los 70.

Una vez más, Alberto Rodríguez, el cineasta que nos está enseñando historia reciente a golpe de thrillerGrupo 7, La isla Mínima- se mete en la espinosa Transición y enfoca lo que nadie se esperaba: el doble rasero de los mismos presos. Los políticos tuvieron su amnistía y dejaron atrás a los comunes. Modelo 77 es una declaración de principios y un películón.

Miguel Herrán y Javier Gutierrez se convierten en compañeros de celda, un contable y un delincuente sin definir, se van tentando poco a poco y tejiendo complicidades y llevan al resto de los presos a un motín, a una unión y solidaridad ajena a los pobres de solemnidad, que por no saber, ni siquiera saben unirse y hacer piña como hacen los presos políticos.

Rodriguez fabrica un thriller trepidante, entretenido y profundamente político. Resucita COPEL, la coordinadora de presos sociales en lucha por la amnistia y la dignidad que movilizó a centenares de presos y más de 200 se cortaron las venas ante la prensa. Y todo ello lo hace Rodríguez sin sermonear al público.

Modelo 77 agita muchas aguas. Es una película que mira al gran público con el fichaje de intérpretes tan populares como Miguel Herrán y Fernando Tejero, a los que saca de sus series facilonas y les eleva. Nada chirría en esta superproducción rodada en la misma cárcel Modelo, después de su cierre definitivo en 2017. La dirección de arte y la fotografía son espléndidas y desabridas. Se huele y se siente la mugre de esa España pobre y eterna. No hay impostura ni siquiera en la figuración que destila una mirada seca y desencantada.

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